Leonora Lombardi.
Seudónimo de Marcela Prado Traverso. Poeta y Doctora en Literatura por la Universidad de Stanford. 30 años de experiencia universitaria. Experiencia en talleres literarios con jóvenes y adultos.
Su trabajo poético ha recibido reconocimiento en:
Los Juegos poéticos y Florales 2014 organizados por la Corporación cultural de Viña del Mar, la Universidad de Viña del Mar y el Centro de Extensión del Senado.
El concurso internacional de Poesía Grito de Mujer, República dominicana 2020
El Concurso internacional de Ecopoesía, Tumbes, Perú, 2020
Ha sido jurado del Premio Nacional de Literatura.

 

Entre sus trabajos de creación están:
Cardoscuro (2013)
Flora y fauna poética (2015)
Flora y fauna poética II (2017)
La casa (2019)
Canto fluvial (2019)
Palabras verdes por la vida. Ecopoesía. Poetas UNIVA
Madreselva. Ediciones Altazor, 2021
Geopoética, Trilogía. 2021
Geopoética, Trilogía. 2021
Desde el mar a  la montaña. Antología de Ecopoesía. Ilustraverde, 2023
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Obra en Proceso:
En la difícil convergencia del ahora. Ver

RECONOCIMIENTOS Y PREMIOS


Autores seleccionados para Quinta Edición de Revista Nefelismos

Cardoscuro

LEONORA LOMBARDI

Al leer Cardoscuro  || inmediatamente recordé un hecho que ocurrió hace más de 30 años frente al Jardín Infantil “Tía Luz” en la calle 6 Oriente aquí en Viña del Mar.  A un podador que estaba haciendo muy bien su trabajo, la Educadora le pidió que entrara al Jardín a explicárselo a los párvulos, niños de 3 a 5 años.  El, feliz, les contó el objetivo de la poda, cuándo y cómo debía hacerse y los beneficios que tenía para los árboles y plantas.  Los niños estaban muy interesados y le hacían preguntas.   Cuento esto, porque uno de los niños le preguntó, con ansiedad:

“Señor, ¿cuándo usted aserrucha las ramas, les duele,  sufren?”

Me encanta esta pregunta.  Demuestra sensibilidad, empatía.  El niño veía el árbol desde el punto de vista del árbol!  Es la sensibilidad que encontramos en Cardoscuro || de Leonora Lombardi. En su “diálogo con los objetos”.  Es un “diálogo” con la naturaleza, con los árboles, las flores, los frutos, las verduras, las aves, el viento, el campo, consigo misma.

Para ver los objetos desde el punto de vista de ellos mismos y convertir ese encuentro en palabras, en poesía, Lombardi recurre a la soledad y el silencio.  Detesta el ruido.  En “Lo mío es el silencio”, declara: 

Lo mío es el silencio/ Nunca la arenga falsamente entusiasta/ Del micrófono al mediodía/ Nunca la arenga falsamente entusiasta/ Del micrófono al mediodía.

En “He optado por el silencio”, explica:

Así me libro de la estridencia/ Y del habla enrebañada/ Y doy lugar a los pájaros/ Y al mugido de la vaca/ Al susurro de los vientos/ Y al suspenso de la gota/ Y, tal vez, nuevamente, / Al antiguo mensaje de los dioses.        

En los últimos versos de “Yo pido”, dice:

         Yo pido que cada sílaba sin sentido/ Sea remplazada por silencio/ Para que oigamos el canto del chercán/ El deslizarse del gusano/ El arribo de la espuma/ La materna voz del silencio.

En los versos finales del poema “Membrillo”, Lombardi 

expone su inquietud y su objetivo como poeta:

         ¿Cómo hago? membrillo/ De amarillo apellido/ Como tú/ Para hablar desde el silencio/ Desde el silencio del objeto/ No desde la lengua/ Que me filtra y me distancia/ ¿Cómo hago?

La respuesta puede hallarse precisamente en su “diálogo con

los objetos”.  Así lo ilustra su diálogo con el tomate en el

 poema homónimo:

         Porque es Neruda/ Quien ha hablado de ti/ Me quedo casi sin silabario/ Pero me llamas igualmente/ Desde tu decidido rojo/ Y tu tersa piel/ Y me dices/ Hay todavía sabrosas vocales/ De tu lengua curiosa/ Consonantes que me llevan/ En poemas varios.

                  Yo te saludo/ Y celebro/ El gorrito de alas verdes/ Que te han puesto hoy/ Que te llevan al mercado.

         Pero imagínate antes/ Me dices/ En la mata ya pesada/ Del maduro fruto/ Mírame junto a mi compañero/ El coligue viejo/ Que cada año me sostiene/ En su auxiliar trenzado.

Bueno, me dices, por fin/ Llévame a tu casa/ Ilumina la cocina con mis ojos/ Y déjame junto a la cebolla/ Mi compañera de destino/ Ella baja el tono de mi pasión callada/ Y yo ruborizo sus lágrimas de luna/ En un encuentro de novios/ Que lleva sangre y espuma.    

   El “noviazgo” de Leonora es con toda la naturaleza.  Ella se fija en los objetos, por sencillos e insignificantes que parezcan ser para el paseante indiferente.  Puede ser una casa abandonada, puede ser un pasajillo en un cerro porteño.  Veamos:

“Casa a orillas de camino”

El bus se detiene/ Y la ventana me cuenta una historia/ La vieja casa abandonada/ A orilla de camino/  Una higuera le acaricia/ Los aleros del derruido techo/ Las sucias murallas/ La puerta de envejecido amarillo zapallo/ Una palma que alguien plantó/ Reclama su espacio entre la hojarasca/ Un ciruelo que nunca nadie podó/ Toma su forma libre entre el ramaje/ Un pimiento curvado y barbudo/ Ofrece en lluvia sus semilladas uvas/ La ventana descuadrada/ Las bajas ventanas con barrotes/ La rejilla rota/ Quién sabe cómo y dónde la cocina/ El eco de una conversa/ La casa está aquí/ A orilla de la calle/ Acompañada por la arboleda.  

En “Pasajillo en Playa Ancha”

Un pasajillo/ Un pasajillo y no un pasaje,/ Para que la grafía me estreche incluso la imagen/ Un pasajillo íntimo/ Alfombrado de semillas de un viejo  pimiento/ Pero antes de dar la vuelta/ Y entrar en su estrecho pasadizo/ El olor del jazmín/ Me toma la nariz/ Me embriaga la razón/ Mucho antes de verla/ Mucho antes de encontrar la mata/ La que metros más allá/ Se deja caer en una reja vieja/ Junto a una buganvilia/ Una flor del inca/ Y un floripondio de invertidas tulipas. 

En “Paseo también patrimonial por Viña del Mar” nos cuenta de los hallazgos que encontró en esta ciudad y nos indica donde los encontró.  Empieza con:

         Parta usted en tres norte con seis Poniente

Y nos invita a hacer nuestros propios hallazgos:

Si tiene tiempo dése una vuelta por otros barrios/  Donde todavía duermen soleados patios/ Y la brisa lleva sal y naranjos/ Y jazmines a las tres de la tarde         

Lombardi nos muestra su amor por la naturaleza en poema tras poema.  En la segunda sección de “Rincón vegetal”, dice: 

Voy a partir muy lejos, hermanos, padres, amigos/ Pero cómo puedp partir, madre/ Si al rozar el boldo dejo mi mano/ Si al subir la montaña entro en su cuerpo/ Si al caminar comprometo mi pie en cada piedra/ En cada trébol/ En cada flor/ Si al mirar el bosque/ Las cortezas se trenzan para ofrecerme un lecho

En “Antípoda”:

Yo conozco cada hoja que cayó este otoño/ La rojiza tardía que se deslizó en la berma/ La amarillo pálida que se enredó en la rosa/ Y la ocre opaca que alfombró mi jardín.

Yo conozco cada brote/ De los variados árboles de mi ciudad/ Porfiados sobrevivientes/ De la poda municipal.

La autora provenía de la academia.  Pero no quiso que la academia la restringiera.  En “¿Dónde estás Leonora?” se pregunta:

¿Por qué dejas que Marcella te cierre la boca?/ Te ahogue las ideas/ Te paralice la mano?                           

La academia tiene su lenguaje y su modo de ver el mundo, que no son el de la poesía.  Por tanto, Lombardi desertó de la academia.  Lo explica en “Yo quería decir”,  “Curiosidades”, y “Tiempo de poesía”:  

         “Yo quería decir”

“Se desaprovecha la ternura/ De las hembras madres de la especie/ Que tanto bien hace al planeta”/ Y terminaba diciendo/ “El comportamiento afectivo de las mujeres madres/ Es desaprovechado en su potencial socializador”./  Por eso me fui de la academia/ No aguanté sus bozales/ Su normativa acrítica/ Su masculino decir.

En “Curiosidades” nos cuenta:

Fue curioso/ “bebé”, me dijo/ al oído la socióloga/ Y “niñita habilosita”/ El profesor en la escalera/ Yo había publicado mi primer libro de poesía/ Yo había defendido mi concepción de universidad/ En el Aula Magna de esa que alguna vez lo fue/ Alguien puede explicarme?

De hecho, Lombardi no es una “bebé” ni una mera “niñita habilosita”.  Puede hablar en tono bajo y afable, pero en “El

Centro”, advierte:

(…) no sigo consigna alguna/ Y me constituyo/ En peligrosa animala/ Para autoritarios y seductores.

En “Tiempo de poesía” proclama su posición:

Pendiente de la savia/ Que fluye tronco adentro/ Del temblor de la pequeña yerba/ Que vive en la espesura/ De los ojos amarillos de la perra callejera/ De la paciencia del invierno/ En la espera del brote./ Poesía de la alienación/ Dirán algunos/ Poesía de la liberación/ Dirán otros./ Yo sigo mi camino/  En mi diálogo con los objetos.

El diálogo con los objetos, el noviazgo con los objetos es tan intenso en la poesía de Lombardi, que ella a veces siente que se ha deshumanizado.  Lo dice en “Desertora de lo humano” y en “Buscada deshumanización”.  En éste confiesa:

Tengo la sensación de haberme salido de la humanidad.

Pero no hay tal.  Su fina sensibilidad ante el mundo que la rodea es esencialmente humana.  Deshumanizada pensamos del humano que no siente, que no se conmueve, que es indiferente.  O que es hostil al arte.

En los poemas autobiográficos de Leonora se muestra una intensa emoción.  En «La hora» hay una profunda y conmovedora ternura al hablar de sus padres cercanos a la muerte.  No puedo no citarlo entero:

Me acerco a mi madre vieja/ Y casi rozo la muerte/ En una palabra que no enuncia/ En un sonido que no alcanza/ En un pie que arrastra/En una mirada dulcemente frágil.  /Más allá mi pobre padre viejo/ Hace piruetas para disimular/ Porque la muerte le ha entrado en sus ojos/ Y ya no distingue el día de la noche/ Yo los llevo al parque/A ver si los árboles los hacen reír/ Les digo aquí calló una bellota/ Allá una castaña, les digo/ Mi madre sonríe/ Mi padre le sonríe/ El perro le roza el pantalón/ Y es suprema alegría/ Esta tarde de otoño/ Que acompaño a mis padres/ Antes de que se los lleve la muerte.

 En “Días en la Clínica” recuerda, con un realismo  impactante y sobrecogedor, sus más de 20 horas de hospitalización.  Empieza:

Por qué cree usted que lloré desconsoladamente/ Cuando entraban las enfermeras y auxiliares/ Y me tomaban y me medían cuanto era tomable y medible/ Y me llevaban y me traían/ Y todavía no me acostaba/ Cuando ya me habían cambiado las sábanas

Pero, aunque en ambos poemas hay hondo sentimiento, no hay sentimentalismo.  Leonora, hija tierna y amorosa, paciente atribulada en una clínica, es inevitablemente poeta y convierte en arte sus sentimientos.

CARDOSCURO // reafirma la maestría de Leonora Lombardi como poeta.

Juan Vargas Duarte

Doctor en Literatura Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.                               

Agosto, 2017.